El bautismo es una de las prácticas que Jesús enseñó a sus discípulos. Es una expresión pública de nuestra fe en Él y una manera de dar testimonio de la transformación que Dios ha hecho en nuestra vida.
A través del bautismo, una persona declara delante de otros que ha creído en Jesús y que desea vivir siguiendo sus enseñanzas.
Del bautismo de Juan a la enseñanza de Jesús
Antes de que Jesús comenzara su ministerio, Juan el Bautista ya bautizaba a quienes se acercaban a él arrepentidos de sus pecados. Su mensaje llamaba a las personas a volver a Dios y prepararse para la llegada del Salvador.
El propio Jesús fue bautizado por Juan en el río Jordán, como relatan los Evangelios (Mateo 3:13-17).
Más adelante, después de su resurrección, Jesús encargó a sus discípulos que anunciaran el evangelio y bautizaran a quienes se hicieran discípulos suyos (Mateo 28:19-20).
Aunque el bautismo de Juan y el bautismo cristiano tienen características diferentes, ambos nos ayudan a comprender la importancia del arrepentimiento y de responder a Dios con fe.
En el libro de los Hechos encontramos numerosos relatos de personas que escucharon el evangelio, creyeron en Jesús y fueron bautizadas.
Por eso practicamos el bautismo: en obediencia a la enseñanza de Jesús y como testimonio público de nuestra fe en Él.
Un símbolo de muerte y nueva vida
El bautismo tiene un significado profundo.
En Romanos 6:3-4, el apóstol Pablo relaciona el bautismo con la muerte y la resurrección de Jesús. Esta imagen nos recuerda que nuestra antigua manera de vivir, marcada por el pecado, ha quedado atrás, y que ahora tenemos una nueva vida en Él.
Por eso practicamos el bautismo por inmersión, sumergiendo completamente a la persona en el agua y volviéndola a levantar.
Este acto representa de manera visible esa transformación: dejamos atrás nuestra vieja vida y comenzamos una nueva etapa siguiendo a Jesús.
Es importante comprender que esa transformación no ocurre por el acto de sumergirse en el agua. El bautismo representa lo que Dios ya ha hecho en la vida de quien ha creído.
El bautismo no nos salva
La Biblia enseña que la salvación es un regalo de Dios que recibimos por medio de la fe en Jesús, no algo que podamos obtener mediante nuestros propios méritos u obras (Efesios 2:8-9).
Por eso entendemos que el bautismo no es un requisito para alcanzar la salvación.
Es una decisión consciente, personal y voluntaria.
¿Quiénes pueden bautizarse?
Bautizamos a personas que han tomado una decisión personal de creer en Jesús y desean expresar públicamente su fe.
Por esta razón, no practicamos el bautismo de bebés. Entendemos que el bautismo debe ser una respuesta consciente de quien ha comprendido el evangelio y ha depositado su confianza en Jesús.
Antes de bautizarse, cada persona participa de un tiempo de enseñanza que llamamos discipulado. Allí profundizamos en los fundamentos bíblicos de la fe cristiana, conversamos sobre el significado del bautismo y acompañamos a quien ha tomado esta decisión.
El propósito no es cumplir un requisito formal, sino ayudar a que cada persona comprenda aquello que está expresando.
Una declaración delante de los demás
Aunque la decisión de creer en Jesús es personal, el bautismo tiene una dimensión pública.
Al bautizarnos, compartimos con los demás lo que Dios ha hecho en nuestra vida. Es una oportunidad para expresar nuestra fe, reconocer la obra de Jesús y dar testimonio de nuestro deseo de seguirlo.
Por eso el bautismo es un momento significativo tanto para quien se bautiza como para quienes acompañamos esa decisión.